Odiaba esos cuentos perfectos, con sus princesas sin defectos y formalidades sin causa y efecto.
Trataba de una chica flaquita, con la cara finita y una mirada infinita, con facilidad usted podía perderse en sus ojos que transmitía ternura, se hacía la dura pero era casi imposible que mantuviera la compostura.Una vez más, repito, todo en ella era ternura, pues aún perdura en mí el sentimiento de tontura.
Todo ella en sí, era una colección de defectos, pero causaban un efecto de belleza tan puro como el amor que desprendía, mas no comprendía el significado del amor, unos seres sufriendo por otro en la lejanía, sabiendo que nada perdura; perdía la cordura imaginando aventuras, y todo ella en sí era: poesía y ternura.
Claro que esto se trata de un cuento un tanto peculiar, pues en esta historia todo amor viene acompañado de una pizca de dolor, toda felicidad viene acompañada de un tanto de nostalgia, y toda perfección está compuesta de un millón de defectos.
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